La IA iba a democratizar la creación de contenido, pero está consiguiendo lo contrario: que Internet vuelva a poner puertas
En enero, Daniel Stenberg cerró el programa de recompensas por bugs de cURL, una de las piezas de software más usadas del mundo. No lo hizo por que le faltaba dinero, sino porque le sobraban informes: una cantidad descomunal de avisos de vulnerabilidades generados con IA, muy bien redactados, muy convincentes completamente y falsos. Cada uno era escrito en unos pocos segundos, pero descartarlo costaba varias horas a un grupo de voluntarios.
Generar información ya cuesta prácticamente nada, pero filtrarla cuesta tanto o más que antes, porque el volumen ha crecido. No es que el coste haya desaparecido sino que ha cambiado de manos: ya no lo paga quien produce, sino quien recibe.
Casi cualquier sistema abierto a desconocidos funcionaba con una regla no escrita: enviar algo suponía un esfuerzo. Una carta de presentación exigía una tarde, y un informe de seguridad como los de cURL, unos cuantos días. Ese esfuerzo era una señal, porque quien pagaba el precio de perder tiempo escribiendo solía tener algo que decir.
La IA se ha cargado por completo esa norma. LinkedIn recibe unas 11.000 solicitudes de empleo por minuto, un 45% más que hace un año. Los reclutadores responden con filtros automáticos, y los candidatos, con más IA. Es decir, IAs hablando entre ellas. Y solo hemos visto la punta del iceberg. Con asistentes personales como Instinct esto va a ir mucho más allá.
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